Un cuarto de siglo
Hoy vuelve a la memoria una de las fechas más importantes de la historia del Rayo Vallecano. La del debut en Europa en aquella previa ante el Constel·lació Esportiva en Andorra.
Miedo. Ilusión. Angustia. Esperanza. La mezcla de sentimientos parecían agitados en una coctelera aquella mañana. Aquel 10 de agosto de 2000 compré el periódico y Juande Ramos no me calmó mucho: “Son inferiores, pero en fútbol y a dos partidos, cualquier equipo puede sorprender. Hay que estar atentos porque no sería la primera vez que el más débil gana al más fuerte”. Estaba claro que el Constel·lació Esportiva de Andorra era un rival menor, pero la verdad es que a lo largo de mi vida mis alegrías con el equipo habían sido gracias a un puñado de ascensos que conducían a irremediables descensos al poco tiempo o quedarme con la miel en los labios y llorando de vuelta a casa cuando se rozó las puertas de las semifinales de Copa del Rey un año antes y Baraja se encargó de cerrarlas con un gol en el último minuto en aquel 2-2 ante el Atlético de Madrid. Todas mis alegrías habían venido acompañadas de recordadas tristezas, de esas que se te bordan en el pecho.
En una era sin redes sociales ni internet al alcance, mi obsesión por el Constel·lació creció a base de recortes de prensa que guardaba como tesoros. Desde el 23 de junio, cuando se confirmó que serían el rival del Rayo en la previa de la UEFA, supe que eran campeones invictos de la liga de Andorra, sin un solo empate. Leí que tenían escuelas de fútbol base en Camerún y soñaban con crecer, lo que hacía que mi nerviosismo se disparara con cada día que pasaba. Los andorranos jugaron dos amistosos ese verano, perdiendo 2-1 contra el Alavés y 2-0 contra el Lleida. Esos resultados no calmaban mi inquietud, aunque el técnico, Luis Blanco, parecía rendirse antes de empezar: “El Rayo tiene el cien por cien de posibilidades de pasar. Somos aficionados que no podemos plantar cara, aunque lucharemos para perder por menos de cuatro goles”.
El partido, evidentemente, no pudo verse por televisión y había que hacer juegos malabares para enterarse del resultado por la radio. Por eso, cuando escuché que el partido había acabado 0-10 y el Rayo se había pegado un homenaje a costa de un Constel·lació que renunció al balón, se atrincheró atrás y terminó convirtiéndose en el equipo que sacaba más veces del centro del campo en un partido europeo en su propio estadio, fui feliz. Para algunos, pasar una previa de UEFA es tan grande como alzar una Champions. Y para mí, en ese instante, lo fue todo.
Luego llegaron los análisis, me enteré de la decisión de Juande Ramos de hurtar al capitán y emblema del club, Jesús Diego Cota, la posibilidad de portar el brazalete en el primer partido de la entidad en Europa o esa celebración de Míchel, que corrió a abrazarlo cuando hizo el 0-1 ¡caprichos del destino! de falta directa. Tuvo tiempo de salir el 2, protagonizar una bella jugada que acabó con el 0-10 de Pablo Sanz y ver como la mala suerte le miraba a la cara para caer lesionado en el último minuto del choque de vuelta con todo resuelto en una acción que le privaba de disfrutar de un auténtico viaje alucinante. Pero eso ya es otra historia. El Rayo iba a pasear el nombre del barrio por Europa.




